Una anciana sintió compasión por un joven sin hogar y le ofreció un lugar donde dormir. Pero en plena noche se despertó al oír pasos lentos y cautelosos acercándose a su cama… y lo que ocurrió a continuación le heló la sangre.
El muchacho ya no tenía a dónde ir. Su familia lo había abandonado y los pocos amigos que tuvo se habían desvanecido hace tiempo. Un pariente lejano, conmovido, le sugirió que pidiera ayuda a una señora mayor que vivía sola en un amplio apartamento: a ella le vendría bien compañía, y él tendría, al fin, un techo.
Cuando llegó, traía solo una pequeña mochila con dos camisas, un cuaderno y una fotografía desteñida de sus padres fallecidos. Tenía un aire tímido y respetuoso, la mirada baja y maneras delicadas. El corazón de la mujer se enterneció enseguida. Le preparó una comida caliente, sacó algunas prendas que habían pertenecido a su hijo y le ofreció la habitación que él antes había ocupado, antes de mudarse.
Esa noche la anciana se acostó llena de gratitud. Tal vez, pensó, Dios le había enviado a aquel muchacho para aliviar su soledad. Después de tantos años, se sentía de nuevo útil, viva.

Pero el sueño no llegó con facilidad. De vez en cuando el piso crujía en el pasillo, y su mente inquieta no conseguía relajarse. Estaba a punto de dormirse cuando un ruido la sobresaltó: un quejido suave, la puerta abriéndose despacio.
En la penumbra iluminada por la tenue luz nocturna, vio al joven entrar en la habitación. Llevaba algo en las manos. Su rostro ya no era el dulce y torpe de horas antes; ahora estaba frío, vacío, irreconocible.
Avanzó en silencio, paso a paso, con una lentitud calculada. La anciana se quedó inmóvil, fingiendo dormir, mientras una única oración se escapaba de sus labios temblorosos. Luego lo vio levantar una almohada.
—Nos irá mejor a los dos —susurró él.
En un instante la almohada cayó sobre su rostro. La mujer luchó con todas las fuerzas que le quedaban en su frágil cuerpo, logrando apartarla y gritar con todo el aire que tenía. Los vecinos, alarmados por los gritos, irrumpieron en el apartamento justo a tiempo.
Cuando llegó la policía, salió a la luz una verdad horrible: el joven no era quien decía ser. Sus padres habían muerto años atrás en un “accidente” —uno al que él mismo había asistido y sobre el que nunca dio verdadera explicación. Desde entonces había vivido bajo nombres falsos, yéndose de casa en casa, fijándose en mujeres mayores y solas, planeando hacer pasar sus muertes por accidentes… solo para apoderarse de sus viviendas.







