«Pues tú también acabarás allí»: el nieto ha colocado a su abuelo en una casa «especial».

Interesante

Pero cuando volvió con el testamento, el abuelo ya no estaba…

Viktor István no era una persona común: tenía un departamento, una casa de verano, una cuenta bancaria.

Igor lo sabía desde niño.

Y desde entonces estaba seguro: todo eso, tarde o temprano, sería suyo.

No quería trabajar, no quería esforzarse — pensaba que todo simplemente le caería en el regazo.

Ya ahora le parecía que le pertenecía — al menos en su mente.

Una noche, mientras Igor veía la televisión con una expresión seria en el rostro, el abuelo se acercó a él.

Habló tranquilo, pero con voz temblorosa:

— Sabes, Igor, he pensado que tal vez no te dejaré nada de todo esto.

— ¿¡Qué?! — saltó Igor.

— Verás, no serías capaz de manejarlo.

Te emborracharías, lo desperdiciarías…

No quiero que todo lo que he acumulado en la vida se pierda.

Igor se desmayó.

Quedó paralizado, como si le hubieran dado un golpe en la cara.

— ¿Estás loco, abuelo? — susurró.

— Esto me concierne a mí.

Estoy aquí para ti, soporto todo, me ocupo de ti, ¡aunque podría habérmelo ido hace tiempo!

— No te engañes — interrumpió Viktor István.

— No lo haces por mí.

Lo haces por ti mismo.

Y yo no te debo nada.

Igor se levantó de golpe.

Golpeó la mesa con el puño.

Sus ojos ardían de rabia.

Entendió: todo estaba por derrumbarse.

La herencia se le escaparía de las manos.

Lo que había esperado toda su vida — ahora estaba en peligro.

Y no lo permitiría.

A la mañana siguiente recordó a Peti — un compañero de clase siempre tranquilo, estudiante modelo, ahora farmacéutico.

Todavía era pobre, pero inteligente.

Antes Igor se burlaba de él, ahora podía serle útil.

Lo encontró en las redes sociales.

Le escribió y acordaron encontrarse en un pequeño café cerca del metro.

Peti llegó, como siempre — reservado, con gafas, un poco tímido.

— Mira, Peti — comenzó Igor — necesito algo… unas gotas para el abuelo.

Porque… ya sabes… para que se calme.

Es viejo, tiene mala memoria, olvida todo.

No va al doctor.

Tiene miedo.

Solo necesito que no sufra más.

Y que no me moleste.

— ¿Qué quieres decir? — frunció el ceño Peti.

— ¿Algún calmante?

— Algo así.

Para que él… esté tranquilo.

No dé problemas.

Pero que no sea muy fuerte.

Que no se necesite receta.

¿Entiendes, verdad?

Peti reflexionó.

Sintió que algo no estaba bien.

Igor estaba nervioso, mentía, sus ojos se movían inquietos.

— En realidad es peligroso — dijo finalmente Peti.

— Es difícil conseguir esas cosas.

¿Y estás seguro de que…?

— Vamos, vamos — Igor hizo un gesto con la mano.

— Lo dijiste tú mismo: todo depende de la dosis.

Daré poco.

No pasará nada malo.

Peti dudó.

Luego bajó la mirada.

— Ahora necesito mucho dinero — dijo en voz baja.

— Pero si pasa algo, yo no sabré nada.

— Claro.

No pasará nada.

Nadie sabrá.

Una hora después Igor volvió a casa con un pequeño frasco en el bolsillo.

Tenía una sola idea en mente: el abuelo debe “desaparecer” — y todo será suyo.

La primera gota la puso en el té esa misma noche.

Viktor István, como siempre, estaba sentado en la mesa leyendo el periódico, sin sospechar nada.

Bebió.

Igor observaba por encima de su hombro — ¿funciona?

Nada.

El abuelo siguió leyendo, comentando las noticias.

Solo durante la cena, cuando se levantó, se detuvo por un momento, como si hubiera olvidado a dónde iba.

Así comenzó.

Por la mañana en el té, por la noche en la leche, gota a gota.

El abuelo se volvía cada vez más confuso.

Confundía las cosas, ya no sabía qué comía.

Igor se sentía un ganador.

Sin control.

Sin moral.

Solo un abuelo silencioso, que poco a poco desaparecía.

— Bien, basta — susurró Igor, viendo al abuelo buscar sus gafas en la habitación.

— Todo va según lo planeado.

Quería acelerar las cosas.

Arreglar los documentos lo antes posible.

Pero el abuelo ya no entendía nada.

Igor decidió: hay que eliminarlo.

Temporalmente.

O quizás para siempre — como salga.

Lo importante es que nadie lo vea.

Llamó a una clínica.

Pero allí rechazaron.

— Estas cosas solo se hacen con orden judicial — dijeron.

— Es una hospitalización forzosa.

Se requiere responsabilidad.

Igor colgó.

Lleno de rabia.

No quería un juicio, quería el resultado.

Y lo encontró.

Por medio de un conocido supo de unas casas “especiales”.

Pequeñas, semi-oficiales.

En efectivo.

Sin preguntas.

— Solo para evitar problemas — dijo la administradora.

— Aquí pasan tranquilos sus últimos años de vida.

Igor asintió.

Estaba bien.

De noche llevaron al abuelo allí.

Él entendía poco de lo que estaba pasando.

Igor no explicó nada.

Simplemente lo dejó.

Una enfermera lo guió por un pasillo oscuro.

Luz tenue.

Olor a medicinas.

Suspiros silenciosos.

— Bien, abuelo — murmuró Igor siguiéndolo.

— Ahora puedes descansar.

En el camino ya planeaba la visita al notario.

Todo en orden.

Dos días después volvió.

Llevó los documentos.

Subió las escaleras — se detuvo.

— ¿Dónde está? — gritó a su hermana.

— ¿Qué?

— ¡El abuelo!

¡Mi abuelo!

¿Dónde está?…

— ¿Cómo que no está? — gritó Igor, y la recepcionista retrocedió asustada.

— Hace dos días traje al abuelo aquí.

¡No me digas que desapareció!

La mujer confundida miraba a su alrededor y llamó rápidamente a una enfermera.

— ¿Viktor István? — preguntó un hombre hojeando una carpeta.

— Sí, recibió visita…

Luego… se fue.

El hombre dijo que un familiar había traído los documentos.

Aquí no tenemos autorización para retener a nadie.

— ¿Qué?

¿Quién se lo llevó?

— No está claro.

Pero tenía autorización.

Igor quedó mudo.

La cabeza le temblaba.

¿Autorización?

¿Cómo?

Solo él sabía todo…

Solo él…

¿O no?

Esa noche en casa estaba furioso.

Buscó en los cajones, en la computadora, incluso en la vieja carpeta de documentos del abuelo.

Nada por ninguna parte.

El testamento no firmado.

El departamento aún a nombre del abuelo.

Y él desaparecido.

En ninguna parte.

Al día siguiente escribió a Peti, nervioso.

“No sé dónde desapareció.

Desapareció.

Si alguien responde, te atraparán a ti también.”

Peti solo respondió:

“No tengo nada que ver.”

Pasaron los días.

Ninguna noticia.

Igor ya pensaba en ir a la policía, pero ¿qué diría?

“Desapareció mi abuelo, a quien puse en una casa ilegal y al que dormí en secreto con medicinas”?

Entonces llegó una carta.

Escrita a mano, firmada por Viktor István.

“Igor, si estás leyendo esto, ya sabes que no eres tan inteligente como pensabas.

En el último momento todo se aclaró.

Has cambiado.

Ya no eres el nieto que crié.

No quiero irme con rabia, pero no puedo dejarte lo que no sabes apreciar.

Mi testamento está en otras manos.

No busques.

Ahora estoy donde finalmente encuentro paz.

Te deseo que aprendas primero a ser humano.”

Igor temblaba.

Al final de la carta había un sello postal: Peč.

La ciudad donde el abuelo joven huyó de la guerra.

Al día siguiente tomó un tren apresuradamente.

Tenía que encontrarlo.

O al menos su departamento.

Quizás aún había algo.

Algo valioso.

Pero cuando llegó, ya era demasiado tarde.

En la dirección vieja vivían otros.

La vecina — una anciana — solo dijo:

— Señor?

Lo enterraron hace pocos días.

El camino fue largo.

Pero no estuvo solo.

Su hijo vino a recogerlo.

Sí, otro nieto.

De Australia.

— ¿Qué hijo?

¿Qué nieto? — escupía Igor.

— Bueno, eso dijo.

Que lo consideraban familia de verdad.

Había emigrado joven, pero siempre se escribían.

Y ahora había venido a buscarlo.

Igor no podía creer lo que oía.

Había apostado toda su vida a ese momento en que todo sería suyo.

Y ahora…

No había nada.

Ni siquiera un adiós.

Solo una tumba en las afueras de la ciudad.

Se quedó de pie junto a la tierra fresca de la tumba, solo.

La hierba todavía no había crecido.

En la lápida estaba escrito:

“Viktor István — Quien supo cuándo irse.”

Igor se quedó ahí mucho tiempo.

Luego se fue en silencio.

No había nada que robar.

Nada que engañar.

Solo él.

Y el recuerdo de cómo llegó allí.

“Bueno, tú también acabarás allí…” — susurraba el viento.

Visited 195 times, 1 visit(s) today
Califica este artículo