—Vuelve con tus padres. Eres una carga. Estoy harto de que te quejes todo el tiempo.
El niño, claro, es difícil, te duele la espalda, tienes que comer de noche… ¿Y yo qué soy? ¿Un cajero automático y una enfermera en una sola persona?
Antón estaba de pie en el estrecho pasillo de nuestro apartamento alquilado de dos habitaciones, con los brazos cruzados.
Me miraba como si frente a él no hubiera una mujer embarazada de siete meses, sino alguien que le había arruinado la vida.
Y yo estaba ahí, frente a él.
En bata. Con los pies hinchados. Con un cuerpo pesado, dentro del cual ya crecía otra vida.
Y por primera vez desde hacía año y medio, desde que era su esposa, no lloré.
No supliqué.
No di explicaciones.
Solo me quedé callada.
Antón interpretó mi silencio como que por fin había entendido.
—Haz la maleta. Te pido un taxi. Hasta el pueblo de tu madre son tres horas. Puedes llegar.
Asentí.
No porque estuviera de acuerdo con él.
Sino porque en ese momento ya no me quedaban fuerzas para pelear.
Entré al cuarto. Abrí el armario.
Y entonces… no sé bien qué pasó dentro de mí.
Tal vez el bebé se movió.
Tal vez simplemente estaba agotada.
Tal vez algo dentro de mí, que llevaba meses tratando de hablar en voz baja, por fin levantó la cabeza.
Saqué la maletita pequeña.
La que había preparado para el parto.
Y metí todo lo que podía necesitar.
Mis documentos.
El cargador del teléfono.
Dos mudas de ropa interior.
Algunos libros.
La pequeña cruz que me había regalado mi abuela.
No lloré.
No grité.
No le pedí que lo pensara mejor.
No intenté convencerlo de que me quería.
Nada.
Antón se sorprendió.
—¿Tú… por qué estás tan tranquila?
Lo miré.
—¿Qué esperabas? ¿Que hiciera una escena? ¿Que así te convencieras aún más de que tienes razón?
Torció la boca, murmuró algo, y volvió a girarse hacia el televisor.
Como si todo aquello no fuera más que una molesta pausa comercial en su vida.
Veinte minutos después cerré la puerta detrás de mí.
No la azoté.
No la golpeé al cerrar.
La cerré suavemente.
Siempre odié el ruido.

Me llamo Ana. Tengo veintiocho años.
Antón tiene treinta y dos.
Nos casamos hace año y medio. Rápido. Con mucho amor. Al menos eso creía yo entonces.
Él trabajaba como gerente de ventas de repuestos de automóviles, y yo era ilustradora y trabajaba desde casa. Hacía dibujos para libros infantiles.
Y sí… ganaba más que él.
Pero eso, de algún modo, nunca le gustó escucharlo.
Cuando quedé embarazada, todo empezó a cambiar poco a poco.
No de un día para otro.
No de forma llamativa.
Solo en pequeños detalles.
—¿Ahora trabajas menos? —me preguntó una vez.
—Sí. Por los mareos no aguanto mucho tiempo sentada frente a la computadora.
—Bueno, pues esfuérzate un poco más. Tenemos un préstamo que pagar.
El préstamo estaba a su nombre.
Pero las cuotas las pagábamos mitad y mitad.
Mejor dicho… casi siempre las pagaba yo.
Porque a él siempre le surgía algo.
Se retrasaba la comisión.
No le depositaban el bono a tiempo.
Aparecía un gasto imprevisto.
Para el séptimo mes casi había dejado de trabajar por completo. El médico dijo que necesitaba descansar. Mi presión arterial estaba inestable.
Pero Antón se volvía cada vez más impaciente.
Todo le molestaba.
La comida.
Mi estado de ánimo.
Mi cansancio.
Que me acostara temprano.
Que me levantara tarde.
Que rechazara encargos de trabajo.
—¿Otra vez no aceptaste un pedido? —me preguntó una vez, irritado—. ¿Y entonces de qué vamos a vivir? ¿De mi sueldo?
Esa noche llegó a casa de mal humor.
Yo había calentado la cena.
Intenté sonreír.
Intenté fingir que todo estaba bien.
Le serví trigo sarraceno con pollo.
Lo probó.
Después dejó el tenedor.
—¿Y esto qué es?
—Trigo sarraceno con pollo.
—El pollo está seco.
Lo miré.
—Lo siento. Estoy cansada. Es lo mejor que pude hacer hoy.
Y entonces lo dijo.
Sin más.
Sin pensarlo.
—¿Tú sirves para algo? Te quedas en casa sin hacer nada, solo te quejas. Vuelve con tus padres. Eres una carga.
Eso fue todo.
Unas pocas palabras.
Y algo dentro de mí se rompió para siempre.
No con ruido.
No de forma dramática.
Solo en silencio.







