Galya decidió ir a la dacha a limpiar mientras su marido estaba de viaje de negocios. Pero allí le esperaba una sorpresa.

Historias familiares

Parte 1

Galia aprovechó que su esposo llevaba varios días fuera por un supuesto viaje de trabajo para escaparse a la casa de campo.

Quería dejar todo listo antes del verano: limpiar, abrir las ventanas, disfrutar por fin de un par de días de silencio.

Los niños estaban con su abuela y, por primera vez en mucho tiempo, tendría la casa solo para ella.

Metió en una bolsa productos de limpieza, ropa cómoda, su té favorito y un par de novelas.

Imaginaba una tarde tranquila en la terraza, con el bosque de fondo y el canto de los pájaros.

Después de más de dos horas de carretera, su viejo coche tomó el camino de tierra que conocía de memoria.

El aire olía a pinos recién calentados por el sol y el pequeño vecindario seguía casi desierto.

Todo parecía perfecto… hasta que llegó a la entrada.

El portón estaba entreabierto.

Y, justo al lado de la casa, había un todoterreno plateado que reconoció al instante.

Era el coche de Sergio.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Habrá vuelto antes de tiempo? —murmuró.

Pero enseguida descartó la idea. Sergio siempre avisaba cuando regresaba. Siempre.

Empujó la puerta con cuidado y entró casi sin hacer ruido.

El aroma a café recién hecho llenaba el recibidor.

Pero había otro perfume.

Uno femenino.

Intenso, dulce, completamente ajeno a ella.

Desde el salón llegaban risas. La voz grave de Sergio mezclada con la carcajada de una mujer.

—Eres imposible, Sergio… —dijo ella entre risas.

Galia sintió que las piernas dejaban de responderle.

Avanzó unos pasos y miró por la puerta entreabierta.

Allí estaba él.

Sentado en el sofá con la camisa de cuadros que ella le había regalado la Navidad anterior.

A su lado, demasiado cerca, una mujer de unos treinta años, elegante, de cabello oscuro y maquillaje impecable.

Sobre la mesa había una botella de vino, dos copas y un plato de fruta.

No hacía falta ver un beso.

Sergio sostenía la mano de aquella mujer.

Y eso bastaba para romper una vida entera.

Galia carraspeó con fuerza.

Las conversaciones se detuvieron de golpe.

Sergio giró la cabeza y perdió todo el color del rostro.

—¿Galia…? ¿Qué haces aquí?

Ella lo miró fijamente.

—Vine a limpiar la casa… Aunque veo que tú también has encontrado una forma muy particular de ocupar tu supuesto viaje de trabajo.

La joven se levantó de inmediato, incómoda.

—Creo que será mejor que me vaya…

—Quédate, Irina —murmuró Sergio sin apartar la vista de su esposa—. Tenemos que hablar.

Galia entró despacio y tomó asiento frente a ellos.

Cruzó las manos para ocultar que le temblaban.

Respiró hondo.

Y lanzó la única pregunta que realmente importaba.

—¿Desde cuándo?

Sergio bajó la mirada.

—Seis meses.

Aquellas dos palabras la golpearon con más fuerza que cualquier grito.

Seis meses de excusas.

Seis meses de reuniones interminables.

De viajes inventados.

De cenas que ella preparaba creyendo cada mentira.

Y mientras tanto, él llevaba a otra mujer precisamente al lugar donde habían construido sus recuerdos más felices.
## Parte 2

Durante unos segundos nadie dijo una palabra.

El silencio era tan pesado que parecía llenar toda la habitación.

Galia observó a la mujer sentada frente a ella. Era más joven, segura de sí misma, elegante.

No había odio en su mirada, solo una enorme decepción.

—¿Todo este tiempo has estado mintiéndome? —preguntó sin levantar la voz.

Sergio respiró profundamente antes de responder.

—Sí… Hace unos seis meses empezó todo.

Aquella confesión terminó de derrumbar lo poco que aún quedaba en pie.

Durante medio año él había inventado reuniones, viajes de trabajo y horas extras.

Mientras ella cuidaba de la casa, de los niños y seguía creyendo en su matrimonio, él compartía su vida con otra mujer.

Lo que más le dolía no era la infidelidad.

Era el lugar.

Aquella casa no era una simple vivienda de fin de semana.

Allí habían plantado los primeros manzanos, habían celebrado cumpleaños,

habían visto a sus hijos dar sus primeros paseos en bicicleta.

Cada rincón estaba lleno de recuerdos construidos entre los dos.

Y ahora todo parecía contaminado.

La joven rompió finalmente el silencio.

—Nunca quise destruir una familia… Las cosas simplemente sucedieron.

Galia la miró con una calma que incluso a ella misma le sorprendió.

—¿»Simplemente sucedieron»? Nadie llega por accidente a la casa de otra mujer para brindar con su marido.

Irina bajó la cabeza.

Sergio intentó intervenir.

—No conviertas esto en una guerra. Pensaba contártelo. Solo necesitaba encontrar el momento.

Galia soltó una sonrisa amarga.

—¿Cuándo? ¿Cuando los niños fueran mayores? ¿Cuando ya no tuvieras que esconderte?

Se levantó lentamente y comenzó a recorrer el salón.

Las fotografías familiares seguían sobre las estanterías.

Vacaciones junto al mar.

La boda.

Los cumpleaños.

Las tardes de verano.

Todo seguía allí… pero había dejado de significar lo mismo.

—¿Sabes qué es lo que realmente me rompe por dentro? —dijo finalmente—. No que te enamoraras de otra persona.

Eso puede pasar.

Lo insoportable es que trajeras esa historia precisamente aquí, al único lugar que siempre sentí como nuestro refugio.

Sergio guardó silencio.

No tenía respuesta.

Después de unos minutos decidió contar toda la verdad.

Había conocido a Irina en la empresa.

Primero fueron conversaciones durante el almuerzo.

Después cafés al salir de la oficina.

Más tarde comenzaron las excusas y las mentiras.

Según él, en casa todo funcionaba bien, pero sentía que la rutina había apagado algo dentro de él.

Irina lo escuchaba.

Lo comprendía.

Y poco a poco la relación cruzó una línea de la que ya no supieron regresar.

—No siento por ella lo mismo que siento por ti —admitió Sergio al final—.

Contigo tengo una vida, una familia. Con ella fue otra cosa… emoción, adrenalina… una locura.

Galia negó lentamente con la cabeza.

—Qué curioso. Llamas «familia» a aquello que decidiste traicionar todos los días durante seis meses.

Irina se puso de pie.

—Será mejor que me marche.

Pero antes de que llegara a la puerta, Galia la detuvo.

—Solo respóndeme una cosa.

La joven giró lentamente.

—¿Sabías que estaba casado? ¿Que tenía dos hijos?

Irina cerró los ojos un instante antes de asentir.

—Sí… Lo sabía.

—¿Y también sabías que él decía ser infeliz?

La joven volvió a asentir.

—Eso fue lo que siempre me contó.

Galia dejó escapar una breve risa cargada de tristeza.

—Entonces hoy has descubierto lo mismo que yo.

Que llevaba demasiado tiempo mintiéndonos a las dos.

Irina no encontró palabras.

Tomó su bolso y abandonó la casa en silencio.

La puerta se cerró con un leve chasquido.

Y, por primera vez desde que todo comenzó, Galia y Sergio quedaron completamente solos,
frente a las ruinas de un matrimonio que ninguno de los dos podía seguir fingiendo que aún existía.

Parte 3

Sergio dio un paso hacia ella con la esperanza de acercarse.

—Todavía podemos arreglar esto… Hagámoslo por los niños.

Aquellas palabras fueron la chispa que rompió el último hilo de paciencia de Galia.

—¿Por los niños? ¿Pensaste en ellos cuando la traías aquí? ¿Cuando inventabas viajes de trabajo?
¿Cuando regresabas a casa fingiendo que todo era normal?

Él bajó la cabeza.

No tenía respuestas.

Galia salió a la terraza. La noche había caído por completo y el aire olía a tierra húmeda y a lilas.

Se dejó caer en el viejo columpio de madera que Sergio había construido muchos años atrás.

El suave crujido de las cadenas despertó una avalancha de recuerdos.

La primera vez que se conocieron siendo estudiantes.

La torpe propuesta de matrimonio sobre aquel mismo terreno, cuando aún no existía la casa.

Los fines de semana pintando paredes, plantando árboles, soñando con el futuro.

Todo aquello que alguna vez había parecido indestructible se había hecho añicos en una sola tarde.

Sergio salió detrás de ella y permaneció unos segundos en silencio.

—He sido un idiota —admitió al fin—. Lo sé. Pero no quiero perderte.

Galia ni siquiera lo miró.

—Ya me perdiste hace seis meses… Solo que yo todavía no lo sabía.

Esa noche él terminó marchándose.

Ella permaneció sola en la casa.

Recorrió cada habitación con una caja entre los brazos, guardando una por una las cosas de Sergio: sus camisas,
la taza que usaba cada mañana, las cañas de pescar, los pequeños objetos acumulados durante años.

Cada recuerdo dolía.

Pero con cada objeto que desaparecía, también sentía que recuperaba un poco de sí misma.

No durmió.

Sentada en la cocina, con una taza de té ya frío entre las manos, escribió una carta.

No era para Sergio.

Era para ella misma.

Quería dejar por escrito lo que jamás debía olvidar.

*»No aceptaré una traición por miedo a quedarme sola. No fingiré que nada ocurrió.

Merecía respeto. Y, si él fue incapaz de dármelo, aprenderé a dármelo yo.»*

Al amanecer llamó a su mejor amiga, Lena.

No lloró.

Solo contó los hechos.

Tres horas después, Lena apareció con comida, una botella de coñac y el abrazo que Galia necesitaba.

—Bueno… ¿qué hacemos primero? ¿El divorcio o la venganza?

Por primera vez desde el día anterior, Galia sonrió.

—Primero limpiamos la casa. Después… empiezo una nueva vida.

Las dos pasaron el día entero ventilando habitaciones, tirando las botellas de vino,
cambiando la distribución del salón y borrando cualquier rastro de aquella tarde.

Cuando terminaron, la casa volvía a parecer suya.

Durante horas hablaron del futuro, de los niños, del trabajo y de todo lo que aún quedaba por vivir.

Porque la vida no termina a los cuarenta y tantos.

A veces, simplemente vuelve a empezar.

Una semana después, Sergio regresó.

Tenía el rostro cansado y la barba descuidada.

—He terminado con Irina —dijo apenas cruzó la puerta—. Fue un error. Dame otra oportunidad.

Galia lo observó como si estuviera frente a un desconocido.

Ya no sentía rabia.

Solo una inmensa serenidad.

Sacó una carpeta del cajón y se la entregó.

Él la abrió lentamente.

Eran los documentos del divorcio.

—¿Hablas en serio?

—Completamente.

También le explicó que había pedido ayuda profesional para superar todo aquello y que hablaría con sus hijos con honestidad,
sin esconder la verdad, pero sin convertirlos en víctimas del conflicto.

Sergio insistió, recordó los buenos momentos, prometió cambiar.

Ella escuchó sin interrumpirlo.

Sin embargo, la decisión ya estaba tomada.

Cuando él se marchó por última vez, Galia caminó hasta el jardín.

Los manzanos estaban cubiertos de flores blancas.

Los pétalos caían lentamente sobre el césped como si fuera nieve en pleno mayo.

Se sentó en el banco bajo el árbol más grande y, por primera vez desde que había descubierto la verdad, lloró.

No lloró por el hombre que había perdido.

Lloró porque al fin se había encontrado a sí misma.

No sabía qué le esperaba a partir de ese momento.

Tal vez algún día volvería a enamorarse.

Tal vez descubriría que la felicidad también podía existir en soledad.

Lo único que tenía claro era que aquella casa, aquel jardín y aquella nueva etapa le pertenecían únicamente a ella.

Mientras los demás seguían comentando el escándalo a sus espaldas,

Galia plantaba nuevas flores y hacía planes para un verano diferente.

Un verano en el que ya no tendría que vivir según las decisiones de nadie más.

Porque algunas historias no terminan cuando se rompe un matrimonio.

Empiezan, precisamente, cuando una mujer decide volver a elegirse a sí misma.

Visited 378 times, 147 visit(s) today
Califica este artículo