Larisa llevaba semanas preparando con ilusión su cumpleaños. Había invitado a quince familiares y quería recibirlos con una cena inolvidable.
Sacó su mejor vajilla, decoró la mesa con flores frescas y pasó todo el día cocinando.
Preparó varios platos de carne, diferentes ensaladas, postres caseros y una elegante tarta de cumpleaños.
El aroma de la comida llenaba toda la casa y todo hacía pensar que sería una velada cálida y familiar.
Pero la tranquilidad terminó en cuanto llegaron las primeras invitadas.
La hermana de su esposo, Zhanna, apareció acompañada de la tía Nyina Konstantínovna. Entre las dos cargaban una enorme bolsa de cuadros.
Al abrirla comenzaron a sacar recipientes de plástico de todos los tamaños: altos, bajos, grandes y pequeños.
Los fueron alineando junto a la mesa como si ya supieran que, al terminar la fiesta, volverían repletos de comida.
Con absoluta naturalidad, Zhanna empezó a dar instrucciones.
Indicó qué recipiente sería para la carne, cuál para la ensalada de mariscos, cuál para los pasteles e incluso reservó uno exclusivamente para la tarta.
Hablaba como si fuera la anfitriona de la celebración.
Larisa observó la escena durante unos segundos sin decir una palabra.
Después sonrió, recogió uno por uno todos los recipientes, los volvió a guardar dentro de la bolsa y, con total serenidad, dijo:
—Los restos de la comida los reparte quien organiza la fiesta. Los invitados no deciden qué se llevan antes de que la cena siquiera haya empezado.
Las dos mujeres se miraron incómodas. No les gustó la respuesta, pero tampoco encontraron argumentos para discutir.
Al principio la celebración transcurrió con normalidad. Había música, conversaciones y constantes elogios para la comida de Larisa.
Sin embargo, algo llamaba la atención: cinco familiares invitados no habían aparecido.
Zhanna comentó con despreocupación que seguramente habían tenido algún imprevisto.
Aunque a Larisa le pareció extraño, decidió no darle demasiada importancia.
Poco después sonó el timbre.
Al abrir la puerta encontró a Sveta, prima de Pavel. Llevaba un hermoso ramo de crisantemos y una mascarilla médica cubría su rostro.
Al verla, se quedó inmóvil y, lentamente, se quitó la mascarilla.
—¿Pero… estás perfectamente bien? —preguntó sorprendida.
Toda la sala quedó en silencio.
Sveta explicó que unos días antes Zhanna la había llamado para decirle que Larisa había contraído una enfermedad contagiosa muy grave y que,
por ese motivo, el cumpleaños se había cancelado.
También le pidió que enviara igualmente su aporte de cinco mil rublos para el regalo grupal,
asegurándole que más adelante le llevarían un pedazo de tarta y algunas porciones de comida.
Aquellas palabras despertaron inmediatamente las sospechas de Pavel.
Comenzó a llamar uno por uno a los familiares ausentes.
Las respuestas fueron reveladoras.
A unos les dijeron que Larisa estaba enferma.
A otros, que una avería en las tuberías había obligado a suspender la reunión.
Algunos escucharon que la fiesta se había pospuesto.
Y otros recibieron la versión de que la celebración sería únicamente para el círculo más cercano.
Las excusas eran distintas, pero todas tenían un detalle en común.
Cada uno había transferido cinco mil rublos para el supuesto regalo colectivo.
Pavel hizo un cálculo mental.
Ocho familiares habían enviado en total cuarenta mil rublos.
Una cantidad suficiente para comprar un electrodoméstico bastante costoso.
Entonces todas las piezas encajaron.
Necesitaban que varios invitados no asistieran para que sobrara mucha comida.
Por eso habían llevado los recipientes vacíos desde el principio. Y el dinero reunido para el regalo nunca estuvo destinado a Larisa.
Con absoluta calma, Pavel miró a su hermana.
—Entonces… ¿dónde está el regalo?
Zhanna respondió con evidente nerviosismo que el envío todavía no había llegado.
Justo en ese instante volvió a sonar el timbre.
Un repartidor apareció sosteniendo una enorme caja.
Con una sonrisa anunció:
—Entrega para Zhanna Viktorovna. Un robot aspirador. Pago contra entrega: treinta y nueve mil novecientos noventa rublos.
El silencio fue absoluto.
La cifra coincidía casi exactamente con el dinero que habían aportado los familiares.
Zhanna se apresuró a decir que aquel aparato era una compra personal y que simplemente pensaba llevárselo a su casa.

Pero ya nadie creyó una sola palabra.
Todos comprendieron que había utilizado el dinero destinado al regalo de Larisa para comprarse un robot aspirador y que, más adelante,
pensaba entregar a la cumpleañera algún obsequio barato para que nadie descubriera el engaño.
Cuando el repartidor pidió el pago, Zhanna no tuvo más remedio que rechazar la entrega.
El robot aspirador se marchó exactamente igual que había llegado.
Después de aquello, Pavel fue tajante.
Le ordenó devolver inmediatamente el dinero a todos los familiares que habían contribuido.
Sin otra salida, Zhanna comenzó a realizar una por una todas las transferencias de devolución,
mientras Pavel comprobaba cada movimiento para asegurarse de que nadie quedara sin recibir su dinero.
Tras aquel momento tan incómodo, Zhanna y Nyina Konstantínovna recogieron sus cosas con rapidez y se dispusieron a marcharse.
Larisa, en cambio, decidió que aquel episodio no arruinaría su cumpleaños.
Más tarde repartió la comida sobrante entre quienes realmente la apreciaban: una vecina anciana y una amiga enferma que lamentaba de corazón no haber podido asistir a la cena.
Cuando finalmente acompañó a las dos mujeres hasta la puerta, les entregó la gran bolsa de cuadros.
Dentro solo quedaban los recipientes de plástico completamente vacíos.
Nyina miró el interior con evidente decepción y murmuró:
—Al menos podrías haber puesto un trozo de tarta.
Larisa le dedicó la misma sonrisa tranquila que había mantenido durante toda la noche.
—Ustedes dijeron que el regalo llegaría más adelante. Pues el paquete para los invitados también lo recibirán… más adelante.







