**Parte 1**
La profesora Raisa Arkádievna caminó hasta el viejo piano apoyado junto a la pared y retiró con cuidado la funda gris que lo cubría.
Años atrás, aquel salón había sido el aula de música.
Después de una remodelación, nadie quiso mover el instrumento: era demasiado pesado y en el salón de actos tampoco había espacio para colocarlo.
Dobló la funda con tranquilidad y la dejó sobre un pupitre vacío.
Varios alumnos giraron inmediatamente la cabeza hacia Matvei.
—¿Qué pasa, Sokolov? —preguntó la profesora con una ligera sonrisa—. Tengo entendido que sabes tocar el piano.
En realidad, Matvei nunca había dicho algo así.
El día anterior, durante el recreo, Antón les había comentado a unas compañeras que en casa de Matvei había un piano.
Raisa Arkádievna había entrado al aula antes de que sonara el timbre y alcanzó a escuchar aquella conversación.
—Podría hacerlo al terminar las clases —respondió Matvei con calma.
—¿Para qué esperar? Todavía quedan unos minutos. Si llevas años estudiando, eso será más que suficiente.
Desde la última fila se escapó una risa contenida. Stas intentó ocultarla cubriéndose la boca con la mano, pero varios compañeros ya la habían escuchado.
Matvei levantó la vista hacia el reloj de la pared.
Aún faltaban doce minutos para terminar la hora de tutoría, aunque la profesora había dicho que solo quedaban ocho.
Prefirió no corregirla.
Guardó el bolígrafo, cerró el cuaderno y se levantó lentamente.
Mientras caminaba hacia el piano, en apenas unos pasos,
recordó todo lo que había ocurrido desde que su madre y él se mudaron a la ciudad.
Había llegado a aquella escuela en enero.
Su madre consiguió trabajo en la oficina local de servicios públicos y alquilaron un pequeño apartamento cerca de una parada de tranvía.
En octavo curso solo quedaba libre un pupitre junto a la ventana.
El primer día, durante la clase de Historia, Raisa Arkádievna pidió que le llevaran el expediente del nuevo alumno.
Lo abrió delante de toda la clase y fue revisando las hojas una por una.
Al llegar a la dirección de procedencia, detuvo el dedo sobre una línea.
—¿Vienes de Beriózovka?
—Sí.
—¿Semión Ilich es familiar tuyo?
—Es mi abuelo.
La profesora cerró la carpeta.
—Ya veo…
Devolvió el expediente y continuó la clase sin volver a mencionar aquel nombre.
Al principio, Matvei no dio importancia a su actitud. Pensó que simplemente era una profesora exigente.
Sin embargo, pronto empezó a notar ciertos detalles.
Cada vez que levantaba la mano, ella fingía no verlo.
Y cuando finalmente le daba la palabra, escuchaba su respuesta completa,
pero terminaba poniéndole una nota inferior a la que recibían otros compañeros por trabajos semejantes.
En el primer ejercicio escrito, Matvei utilizó información obtenida de un libro sobre los antiguos oficios de la ciudad.
Citó correctamente la fuente al final del trabajo.
Cuando recibió el cuaderno de vuelta, varias líneas aparecían subrayadas con tinta roja.
En el margen había una anotación:
*»Redacción ajena.»*
Al día siguiente llevó el libro de la biblioteca.
—Aquí está la página de donde saqué esos datos —explicó mientras la abría sobre el escritorio—.
No oculté la fuente. Incluso la cité al final.
Raisa Arkádievna apenas echó un vistazo.
—La próxima vez exprésalo con palabras más sencillas.
—Pero no hay ningún error.
—Tu tarea consiste en responder con tus propias palabras, no en demostrar que sabes copiar un libro.
—No copié nada. Comparé dos versiones y saqué mis propias conclusiones.
La profesora empujó el libro hacia un lado.
—Siéntate, Sokolov. La clase ya ha comenzado.
La nota no cambió.
Al regresar a casa, Matvei decidió no contar nada.
Su madre llegaba tarde del trabajo todos los días.
Aún seguía desempacando cajas y tratando de acostumbrarse al nuevo empleo.
Además, tenía que salir muy temprano porque el primer tranvía casi siempre sufría retrasos.
Él tampoco estaba completamente seguro de que hubiera una injusticia.
En su antigua escuela los profesores lo conocían desde pequeño; allí todo era diferente.
Quizá las normas simplemente no eran las mismas.
Por una sola calificación, no quería preocuparse antes de tiempo.
Pero en febrero ocurrió algo más.
La clase recibió un trabajo sobre edificios históricos de la ciudad.
Matvei eligió una antigua casa de comerciantes situada cerca del mercado.
En la biblioteca municipal le permitieron consultar ejemplares antiguos del periódico local.
Encontró un artículo sobre la restauración del edificio, hizo una copia de una fotografía antigua y preparó un informe de dos páginas.
Cuando llegó su turno de exponer, habló sin leer ninguna hoja.
Mostró la fotografía, explicó las fechas de la remodelación y contó por qué,
tras las obras, había desaparecido parte de la cornisa tallada del edificio.
La profesora esperó a que terminara.
—¿Quién te ayudó a preparar todo esto?
—Nadie.
—Tu madre trabaja con documentos. Seguro que ella te dijo dónde buscar.
—Ni siquiera ha leído mi trabajo.
—Entonces tu abuelo te enseñó antes cómo hacer este tipo de investigaciones.
—Mi abuelo me enseñó música. Historia la estudio por mi cuenta.
Raisa Arkádievna tomó las hojas entre dos dedos, las dejó sobre el escritorio y dijo con frialdad:
—Está bien. Puedes sentarte.
Cuando Matvei volvió a su pupitre y abrió el cuaderno de calificaciones, encontró otro tres.
Parte 2
Al terminar la clase, Antón alcanzó a Matvei junto al guardarropa.
—¿Por qué no dices nada? Tu trabajo era mucho mejor que el de la mitad de la clase.
Matvei se encogió de hombros.
—¿Y qué quieres que le diga?
—Que te está tratando injustamente.
—Ella responderá que solo está evaluando mis conocimientos.
Mientras hablaban, Matvei intentaba cerrar la cremallera de la chaqueta, pero el forro quedó atrapado entre los dientes.
Con paciencia consiguió liberarlo.
En ese momento, Raisa Arkádievna pasó junto a ellos con el libro de calificaciones bajo el brazo.
Escuchó las últimas palabras, pero siguió caminando sin detenerse.
Aquella noche, Matvei decidió preguntar a su madre.
—¿Conociste alguna vez a una profesora llamada Raisa Nesterova?
Ella negó con la cabeza.
—Ese apellido no me dice nada. ¿Por qué?
—Cuando leyó mi expediente y vio de dónde veníamos, enseguida preguntó por el abuelo.
La mujer dejó sobre la mesa la toalla que estaba doblando.
—¿Cómo es ella?
Matvei describió su aspecto: el cabello corto,
un pequeño lunar junto a la sien y la costumbre de quitarse las gafas cuando hablaba con alguien.
Su madre permaneció pensativa unos segundos. Después abrió una caja donde guardaban viejas fotografías familiares.
En el fondo había varios sobres escritos con la letra de la abuela.
De uno de ellos sacó una fotografía tomada muchos años atrás en un aula de música.
Semión Ilich aparecía sentado al piano. Detrás de él posaban cinco adolescentes sosteniendo carpetas con partituras.
Matvei reconoció enseguida a una de las chicas.
—Es ella.
Su madre acercó la fotografía a la lámpara.
—Claro… Raisa Krílova —murmuró al fin—. Ahora la recuerdo.
—¿Fue alumna del abuelo?
—Durante varios años.
—¿Y por qué dejó de ir?
Su madre guardó silencio antes de responder.
—Quería ingresar en una escuela profesional de música. Para presentarse necesitaba una carta de recomendación de tu abuelo.
—¿Y él no quiso escribirla?
—No.
Matvei la miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque ella llevaba meses faltando a clase.
Solo cuando se acercaban los exámenes quiso recuperar todo el tiempo perdido de golpe. Tu abuelo pensó que todavía no estaba preparada.
—¿Discutieron?
—Muchísimo.
La madre recordaba perfectamente aquella escena.
—Yo era más pequeña que tú. Estaba en la cocina cuando la escuché gritar en el pasillo. Le decía que le había arruinado el futuro.
Después de aquello no volvió nunca más.
—¿Y el abuelo?
—Durante un tiempo preguntó por ella a conocidos. Creo que esperaba hablar con ella cuando estuviera más tranquila.
Pero esa conversación jamás ocurrió.
Matvei volvió a mirar la fotografía.
La joven Raisa sostenía la carpeta con ambas manos y sonreía a la cámara, sin imaginar que poco después rompería toda relación con su profesor.
—Mañana iré a hablar con la escuela —dijo su madre.
—No.
Ella lo observó con preocupación.
—Ya te ha bajado dos notas sin motivo.
—Déjame intentar resolverlo primero.
—¿Cómo piensas hacerlo?
Matvei no tenía una respuesta.
Solo imaginó lo que ocurriría si su madre aparecía en la escuela al día siguiente.
En pocas horas todo el curso comentaría que el alumno nuevo había llamado a su madre por culpa de dos malas calificaciones.
No quería empezar así.
—Dame una semana. Después del próximo trabajo decidimos qué hacer.
Su madre terminó aceptando.
—De acuerdo. Pero una sola semana. Y traerás a casa todos los trabajos que te devuelvan, aunque la nota sea buena.
Matvei asintió.
Sin embargo, aquella semana ni siquiera llegó a terminar.
El miércoles, Antón fue a estudiar a su casa.
Mientras esperaban la merienda, vio el piano colocado junto a la ventana.
—¿De verdad sabes tocar? —preguntó.
Matvei sonrió por primera vez en varios días.
Se sentó frente al instrumento e interpretó una antigua pieza de jazz que conocía de memoria.
Al día siguiente, en clase, comenzaron a organizar el festival de primavera de la escuela.
Como tutora del curso, Raisa Arkádievna estaba anotando los nombres de quienes querían participar.
Entonces Antón levantó la mano.
—Matvei podría tocar el piano. Lo hace muy bien.
La profesora giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Te enseñó tu abuelo?
—Sí.
—Perfecto. Entonces mañana lo comprobaremos.
Aquella palabra quedó resonando en la cabeza de Matvei.
No había dicho «te escucharemos».
Ni «elige una obra».
Había dicho **«lo comprobaremos»**.
Y él entendió perfectamente que aquello no era una invitación para participar en el concierto.
Era un examen.
Parte 3
Aquella noche, Matvei se sentó frente al piano de casa decidido a prepararse.
Comenzó la pieza que mejor conocía, pero antes de llegar al tercer compás ya había cometido un error.
Respiró hondo, volvió a empezar… y volvió a equivocarse exactamente en el mismo lugar.
Cuanto más intentaba controlar los nervios, menos le respondían los dedos.
Su madre apareció en la puerta y permaneció unos segundos observándolo en silencio.
—Estás corriendo demasiado el inicio —dijo con tranquilidad.
—Mañana no voy a tocar.
—Está bien.
Matvei levantó la vista, sorprendido.
—¿Eso es todo?
—Me pediste una semana para resolver este problema por tu cuenta. Te prometí respetarlo.
Sin añadir nada más, regresó a la cocina.
El silencio de la casa hizo que Matvei reflexionara.
Después de unos minutos volvió a abrir el piano, pero esta vez dejó a un lado la obra de jazz y eligió otra mucho más sencilla.
Era la primera pieza que su abuelo, Semión Ilich, enseñaba a los alumnos antes de subir a un escenario por primera vez.
No era difícil desde el punto de vista técnico, pero exigía mantener un pulso constante de principio a fin.
Recordó perfectamente aquellas tardes en que su abuelo golpeaba suavemente el borde del atril con un lápiz para marcar el ritmo una y otra vez.
No permitía avanzar hasta que la mano izquierda entrara exactamente en el momento correcto.
Antes de acostarse, Matvei volvió a pensar en renunciar.
A la mañana siguiente seguía convencido de que lo mejor sería negarse.
Nada más llegar a la escuela avisó a Antón.
—No voy a tocar.
—Entonces díselo directamente.
—Eso haré.
Pero todo cambió cuando Raisa Arkádievna lo llamó delante de toda la clase.
Después de aquellas palabras sobre los «ocho minutos», regresar a su asiento habría significado darle otra oportunidad para ridiculizarlo.
Sin decir nada más, caminó hasta el viejo piano.
Al sentarse comprobó enseguida que el instrumento llevaba mucho tiempo sin recibir mantenimiento.
Varias teclas tardaban en volver a su sitio y el pedal chirriaba al presionarlo.
Ajustó el taburete y apoyó las manos sobre las rodillas.
—Te estamos esperando —dijo la profesora.
Matvei pulsó varias notas para probar el sonido.
—Este piano necesita afinación.
Ella respondió con una sonrisa apenas perceptible.
—Así que ya tienes preparada una excusa.
Desde el fondo del aula volvió a escucharse la risa de Stas.
Esta vez Matvei giró lentamente la cabeza y lo miró fijamente.
La sonrisa desapareció de inmediato. Stas abrió el libro y bajó la vista.
Matvei respiró profundamente y comenzó a tocar.
Los primeros compases salieron demasiado deprisa.
En el tercero, la mano derecha se adelantó al ritmo y tuvo que sostener un acorde un instante más para recuperar el control.
Detrás de él alguien movió un pupitre.
Durante un segundo estuvo a punto de detenerse.
Entonces recordó el sonido del lápiz de su abuelo marcando cada tiempo con absoluta precisión.
Reduciendo ligeramente la velocidad, consiguió estabilizar el ritmo.
Poco a poco dejó de fijarse en las viejas teclas amarillentas.
Cuando llegó al final de la primera sección cometió un error en una nota grave del bajo, pero siguió adelante sin interrumpirse.
En la repetición corrigió el pasaje de forma natural.
Mientras tanto, el aula había quedado completamente en silencio.
Las chicas que hablaban junto a la ventana dejaron de susurrar.
Stas soltó el bolígrafo.
Antón, sentado unas filas más atrás, se inclinó hacia delante sin apartar la vista del piano.
Incluso Raisa Arkádievna cerró el libro de calificaciones y dejó la mano apoyada sobre la cubierta.
Matvei percibió ese pequeño movimiento por el rabillo del ojo.
Durante el cambio hacia la siguiente sección sintió un instante de duda, pero no perdió el pulso.
El último acorde resonó dentro del viejo instrumento acompañado por un ligero zumbido metálico.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
Después, Antón comenzó a aplaudir.
El resto de la clase lo imitó enseguida.
Hasta Stas terminó uniéndose a los aplausos.
Matvei se levantó del taburete.
—No ha estado mal —comentó Raisa Arkádievna con un tono difícil de interpretar—.
Al fin y al cabo era una pieza que ya habías preparado.
Los aplausos cesaron.

La profesora se acercó a un armario,
sacó un viejo cuaderno de partituras que había pertenecido al antiguo profesor de música y lo colocó sobre el atril del piano.
—Ahora veremos si también sabes leer música a primera vista.
Matvei permaneció inmóvil.
—Usted me pidió que interpretara una pieza.
—Si vas a participar en el festival escolar, necesito conocer tu verdadero nivel.
—Eso debería decidirlo el profesor de música.
Sin responder, Raisa Arkádievna abrió el libro de partituras y señaló una página.
—Antes tengo que decidir si formas parte del programa.
Matvei miró el título.
Reconoció inmediatamente la obra.
Su abuelo se la había mostrado años atrás, aunque solo habían estudiado el comienzo.
Podría haber explicado aquella situación.
Pero estaba seguro de que la profesora diría que, precisamente por conocerla, tenía ventaja.
Así que guardó silencio.
Apoyó nuevamente las manos sobre el teclado…
…y comenzó a tocar.
Parte 4
Los primeros compases fluyeron con seguridad.
Matvei avanzó sin detenerse hasta que la obra cambió de compás.
En ese instante calculó mal el ritmo y la mano derecha entró antes de tiempo.
Al fondo del aula alguien carraspeó.
Raisa Arkádievna dio unos golpecitos con la uña sobre el libro de calificaciones.
—Es suficiente.
Matvei retiró lentamente las manos del teclado.
—¿Puedo repetir ese fragmento?
La profesora negó con la cabeza.
—En un concierto nadie te dará una segunda oportunidad.
—Pero esto no es un concierto.
Ella miró el reloj de la pared.
—Tienes un minuto.
Sin perder tiempo, Matvei volvió dos compases atrás.
Esta vez la mano izquierda entró exactamente cuando debía. En la derecha omitió una nota, pero consiguió terminar toda la página sin volver a detenerse.
Raisa Arkádievna cerró el cuaderno de partituras y lo retiró del atril.
—Para una actuación de aficionados será suficiente.
Matvei permaneció unos segundos en silencio antes de hacer una pregunta.
—¿Usted estudió esta pieza con mi abuelo?
La profesora se quedó inmóvil con la mano apoyada sobre la portada.
—¿Qué tiene que ver tu abuelo con esto?
—Abrió directamente la página donde cambia el compás. Además, sabía exactamente dónde podía equivocarme.
Ella respondió con frialdad.
—Llevo muchos años trabajando con alumnos.
—Como profesora de Historia.
Varios estudiantes dirigieron la mirada hacia ella.
Raisa Arkádievna respiró hondo.
—Cuando era joven estudié música. Eso nunca ha sido un secreto.
—¿Con Semión Ilich?
Su expresión cambió apenas un instante.
—Vuelve a tu sitio, Sokolov.
Matvei recogió su cuaderno del primer pupitre.
Entonces, casi sin darse cuenta, la profesora habló de nuevo.
—Semión Ilich siempre insistía en comenzar esa transición con la mano izquierda. Tú solo lo recordaste al segundo intento.
Matvei se detuvo.
No necesitaba seguir preguntando.
Ella acababa de responder por sí sola.
Ahora toda la clase comprendía que realmente había sido alumna de su abuelo.
Las miradas dejaron de dirigirse hacia Matvei.
Todas se posaron sobre la profesora.
Antón levantó la mano.
—¿De verdad fue alumna de su abuelo?
—Eso no tiene relación con esta tutoría.
Antes de que pudiera continuar, habló Stas.
—¿Y las notas de Matvei sí tienen relación?
La profesora pronunció su apellido con evidente molestia.
—No te metas en asuntos que no entiendes.
Pero Stas no retrocedió.
—Vi su trabajo sobre la casa de los comerciantes. El mío era mucho más corto y saqué un cuatro.
Durante unos segundos reinó un silencio incómodo.
Raisa Arkádievna abrió el libro de calificaciones y, como si nada hubiera ocurrido, comenzó a dictar los deberes de Historia, aunque aquella era la última clase del día.
Nadie escribía.
Repitió las instrucciones más despacio.
El timbre sonó.
Los alumnos permanecieron sentados unos instantes.
El primero en cerrar la mochila fue Antón.
Matvei también iba a salir, pero la voz de la profesora lo detuvo.
—Sokolov, quédate un momento.
Antón permaneció junto a la puerta.
—Prefiero hablar con él a solas —dijo Raisa Arkádievna.
—Lo esperaré en el pasillo.
Salió sin cerrar del todo la puerta.
Matvei permanecía de pie junto al primer pupitre mientras la profesora ordenaba cuidadosamente los cuadernos.
Finalmente habló.
—Tu abuelo era un gran músico.
Hizo una breve pausa.
—Pero siempre creyó que tenía derecho a decidir el destino de los demás.
Matvei sostuvo su mirada.
—¿Por eso me puso esas malas notas?
—Yo evalué tus trabajos.
—Entonces entréguelos a otro profesor. Que los revise sin saber quién los escribió.
La profesora se quitó lentamente las gafas.
—Llegaste a mitad de curso y enseguida empezaste a cuestionar mis criterios.
—Solo traje un libro para demostrar de dónde había sacado la información.
—Hablas exactamente igual que tu abuelo.
Matvei negó con la cabeza.
—Usted apenas conoció al hombre que él fue de adulto.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Y a mí no me conoce en absoluto.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Entonces recordó la antigua fotografía donde una joven Raisa sostenía una carpeta de partituras.
Entendía que todavía sintiera dolor por lo ocurrido tantos años atrás.
Pero también comprendía que ese resentimiento no justificaba tratar injustamente a un alumno.
Con serenidad dijo:
—Revise otra vez mi trabajo.
Solo el trabajo.
Sin pensar en mi abuelo.
Raisa Arkádievna abrió una de las pilas de cuadernos y sacó el suyo.
Lo observó durante unos segundos.
—Se lo entregaré a la subdirectora.
—También el primer trabajo escrito.
La profesora asintió.
—De acuerdo.
—¿Cuándo sabré el resultado?
—La próxima semana.
Matvei salió al pasillo.
Antón seguía esperándolo junto a la ventana.
A su lado estaba Stas.
—¿Qué pasó? —preguntó Antón.
—Va a enviar mis trabajos para que otra persona los revise.
Stas metió las manos en los bolsillos.
—Si hace falta, yo diré que vi tu exposición. Merecía una nota mucho mejor.
Antón sonrió.
—Después de esto seguro que deja de preguntarte en clase.
Stas soltó una carcajada.
—Si ya solo me pregunta cuando sabe que no estudié.
Los tres abandonaron juntos la escuela.
Camino a casa, Matvei contó a su madre todo lo ocurrido.
Ella escuchó cada detalle sin interrumpirlo.
Al llegar, sacó del cajón los dos trabajos escritos.
Esta vez habló con firmeza.
—Mañana iré yo a la escuela.
Y, por primera vez, Matvei no intentó convencerla de lo contrario.
**Parte 5**
A la mañana siguiente, la madre de Matvei acudió al colegio y pidió hablar con la subdirectora.
Curiosamente, Raisa Arkádievna no fue llamada a esa primera reunión.
La subdirectora examinó con atención los dos trabajos,
revisó las calificaciones registradas en el sistema y las comparó con las de otros alumnos.
Para evitar cualquier influencia, entregó ambos ejercicios a otro profesor de Historia de un curso paralelo.
Antes de hacerlo, cubrió el nombre del autor con una hoja en blanco.
Días después llegó el veredicto.
El trabajo sobre la antigua casa de comerciantes merecía la máxima calificación.
El primer ejercicio escrito obtenía un cuatro. El profesor señalaba una pequeña imprecisión en la conclusión,
pero dejaba claro que no existía ningún plagio ni copia indebida.
El martes, al terminar las clases, la subdirectora llamó a Matvei a su despacho.
Los dos trabajos estaban sobre la mesa.
—Ya tenemos la revisión —dijo con serenidad—. El informe sobre el edificio histórico ha sido calificado con un cinco.
El primer trabajo escrito recibe un cuatro.
Hay un detalle mejorable en la conclusión, pero la acusación de copiar información no tenía fundamento.
—¿Van a corregir las notas del boletín?
—Sí.
Matvei dudó un instante antes de hacer otra pregunta.
—¿La profesora estuvo de acuerdo?
La subdirectora sonrió con discreción.
—Ha leído las valoraciones del otro profesor.
Aquella respuesta no aclaraba demasiado, pero era suficiente para entender que la decisión ya estaba tomada.
—¿Y lo del festival escolar?
—Quien decidirá eso será el profesor de Música. La selección de participantes no corresponde al tutor del curso.
—¿Cuándo será la prueba?
—El jueves, después de la sexta hora.
Mientras guardaba los documentos en una carpeta, la subdirectora añadió otra pregunta.
—Dime una cosa. ¿La profesora habló muchas veces de tu abuelo delante de la clase?
—No. Solo el primer día, cuando leyó mi expediente. Después volvió a mencionarlo cuando me hizo tocar el piano.
—Entiendo.
Al día siguiente, durante la clase de Historia, la subdirectora entró en el aula y se sentó discretamente al fondo.
Raisa Arkádievna pasó lista y comenzó la lección con aparente normalidad.
Cuando hizo una pregunta, Matvei levantó la mano.
La profesora miró primero hacia otro lado, como si no lo hubiera visto. Luego, tras un breve silencio, pronunció su apellido.
Matvei respondió con seguridad, explicando el desarrollo de los antiguos oficios de la ciudad.
Por primera vez, ella no lo interrumpió.
Cuando terminó, hizo una pequeña pausa antes de decir:
—Muy bien. Puedes sentarte. Cinco.
Desde la fila de atrás, Stas giró la cabeza y movió los labios sin hacer ruido:
—**Por fin.**
La semana siguiente la subdirectora volvió a asistir a otra clase.
A partir de entonces, Raisa Arkádievna comenzó a tratar a Matvei igual que al resto de sus compañeros.
En ocasiones seguía interrumpiéndolo por costumbre, pero enseguida miraba el libro de calificaciones,
parecía recordar algo y le pedía que continuara su respuesta.
Unos días después, antes de comenzar la clase, permaneció de pie frente a todos.
Su voz sonó más seria de lo habitual.
—Quiero hacer una aclaración. Dos trabajos escritos de Matvei Sokolov fueron evaluados de manera incorrecta.
Las calificaciones ya han sido corregidas en el registro oficial.
Toda la clase permaneció en silencio.
La profesora continuó:
—Al revisarlos permití que influyeran circunstancias ajenas al contenido de los trabajos. No debió ocurrir.
No miró a Matvei en ningún momento.
Terminó la frase y abrió inmediatamente el libro de Historia para comenzar la lección.
No era una disculpa cálida ni emotiva.
Sin embargo, lo había reconocido delante de todos los alumnos que habían visto aquellas notas injustas.
Al terminar la clase, Stas alcanzó a Matvei en el pasillo.
—Pensé que nunca admitiría que se había equivocado.
—Yo también.
—¿Entonces tocarás en el festival?
Matvei sonrió levemente.
—Primero tengo que superar la prueba con el profesor de Música.
El jueves llegó al salón de actos.
Frente al piano estaba Pavel Andréievich, el profesor de Música.
Revisaba una lista de participantes mientras hacía pequeñas anotaciones con un lápiz.
Al verlo entrar levantó la vista.
—¿Sokolov?
—Sí.
—Toca la pieza que has preparado.
Matvei respiró hondo y comenzó.
En los primeros compases volvió a acelerarse, pero enseguida recuperó el tempo correcto.
Cometió el mismo pequeño error en el bajo que durante el ensayo, aunque esta vez no perdió la concentración.
Cuando terminó, Pavel Andréievich cerró la carpeta.
—La obra sirve para el festival.
Matvei sonrió con alivio.
Pero el profesor añadió inmediatamente:
—Solo una cosa: no tengas prisa al principio.
Si empiezas demasiado rápido, luego pasas toda la pieza intentando alcanzarte a ti mismo.
—Lo sé.
—Saberlo no basta. Empieza otra vez.
Matvei repitió únicamente la introducción.
El profesor asintió satisfecho.
—Mucho mejor. Estás dentro del programa.
El día del festival, el salón de actos estaba lleno de estudiantes, profesores y padres.
La madre de Matvei llegó directamente desde el trabajo y ocupó un asiento en la segunda fila.
Antón se sentó a su lado.
Stas, desde el otro pasillo, no dejaba de levantar el pulgar para animarlo.
Al fondo del auditorio, Raisa Arkádievna conversaba con la subdirectora mientras sostenía el programa del evento entre las manos.
Detrás del escenario, Pavel Andréievich se acercó a Matvei.
—Después de la presentación sales tú.
—Entendido.
—¿Recuerdas lo más importante?
Matvei sonrió.
—Empezar despacio.
—Exactamente. Ahora demuéstralo.
Cuando anunciaron su nombre, salió al escenario.
Los focos le impedían distinguir las últimas filas, pero encontró enseguida a su madre.
Ella lo observaba en silencio, con una sonrisa llena de orgullo.
Matvei acomodó el taburete, comprobó el pedal y dejó caer las manos sobre el teclado.
Los primeros compases sonaron tranquilos y seguros.
En la parte central escuchó cómo una silla chirriaba entre el público, pero no perdió la concentración.
La mano izquierda entró exactamente en el momento preciso.
El error que había cometido durante la clase de Historia ya no apareció.
El último acorde llenó el auditorio.
Durante un instante reinó el silencio.
Después estalló un largo aplauso.
Su madre sonreía emocionada.
Antón aplaudía con tanta fuerza que una mujer sentada delante tuvo que pedirle, entre risas, que bajara los brazos.
Al bajar del escenario, Pavel Andréievich hizo una marca en su programa.
—Muy bien. Hoy has tocado mejor que en el ensayo.
—Gracias.
—Y una recomendación más: no vuelvas a usar el piano del aula de Historia sin avisarme. Tiene varias teclas dañadas y podrías estropearlo definitivamente.
—No pensaba hacerlo.
Cuando terminó el festival, Matvei ayudó a recoger las sillas plegables.
Su madre lo esperaba junto al guardarropa.
—Solo un minuto —dijo él—. Olvidé un cuaderno en el aula.
Los pasillos estaban casi vacíos y parte de las luces ya se habían apagado.
Al llegar al aula de Historia encontró la puerta entreabierta.
Raisa Arkádievna permanecía junto al viejo piano.
La funda gris descansaba sobre un pupitre.
Al verlo entrar, dejó de mover las manos.
—Has tocado muy bien.
—Pavel Andréievich me ayudó a trabajar el comienzo.
Ella sonrió con nostalgia.
—Semión Ilich siempre decía lo mismo: quien tiene prisa al empezar, termina luchando contra su propio ritmo.
Matvei tomó el cuaderno de su pupitre.
Antes de marcharse hizo la pregunta que llevaba días guardando.
—¿Por qué mi abuelo no quiso escribirle aquella recomendación?
La profesora acarició lentamente el borde de la funda.
—Porque falté casi un mes entero a las clases.
Trabajaba después del colegio y esperaba que él hiciera una excepción conmigo. En lugar de eso, me propuso prepararme un año más.
—Y usted no aceptó.
—Creía que esperar un año significaba perderlo todo. Me enfadé, le dije cosas de las que después me arrepentí… y me fui.
Matvei respondió con tranquilidad.
—Después preguntó varias veces por usted.
Ella levantó la vista sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi madre lo recuerda. Siempre quiso saber cómo le iba.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Finalmente, Raisa Arkádievna dobló despacio la funda del piano.
—Entré en otra escuela de música un año después. Muchas veces pensé en escribirle una carta… pero siempre lo dejé para más adelante.
—Estoy seguro de que le habría contestado.
La profesora sonrió con tristeza.
—Ahora ya nunca lo sabremos.
Matvei guardó el cuaderno en la mochila.
Antes de salir, dijo con serenidad:
—Aun así, aquello no le daba derecho a juzgarme por algo que ocurrió entre ustedes.
Ella bajó la mirada.
—No. No me lo daba.
Tras un breve silencio añadió:
—Lo comprendí hace tiempo… aunque tardé demasiado en admitirlo.
Abrió el libro de calificaciones. Las notas corregidas de Matvei ya aparecían registradas.
Junto a ellas descansaban los informes del profesor que había revisado sus trabajos.
—El próximo ejercicio también lo corregirá otra profesora —explicó—.
Después de eso, creo que ya no hará falta ninguna revisión adicional.
—Me parece bien.
Cuando Matvei se dirigía hacia la puerta, ella lo detuvo una vez más.
—El lunes… ¿podrías traer aquella fotografía del viejo grupo de música? Si tu madre está de acuerdo, me gustaría hacer una copia.
—Se lo preguntaré.
Raisa Arkádievna tomó la funda para cubrir el piano.
Matvei dio un paso para ayudarla.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Déjalo. Puedo hacerlo sola.
Cubrió el instrumento con cuidado, apagó la lámpara del escritorio y ambos abandonaron el aula.
En el pasillo, la madre de Matvei esperaba junto a la escalera.
—¿Encontraste el cuaderno?
—Sí.
—Entonces vámonos. El tranvía pasa en siete minutos.
Los dos salieron del edificio.
Al otro lado de las puertas de cristal, Antón y Stas seguían discutiendo, entre risas,
cuál de los dos había aplaudido más fuerte durante la actuación de su amigo.







