«Aguantaremos un tiempo en un piso de alquiler. Pero mi padre se va a levantar», dijo él con una calma extraña, como si hablara de algo sin importancia y no de vender mi apartamento.

Historias familiares

Lucía no esperó respuesta. La manera en que Daniel esquivaba su mirada lo decía todo.

—¿Queréis vender mi piso? —preguntó, en voz baja pero firme.

Daniel suspiró y se dejó caer en la silla.

—No “queremos”… solo estábamos considerando una opción. Temporal. Vendemos, invertimos y luego compramos algo más grande. Para nosotros.

—¿“Para nosotros”? —Lucía sonrió con amargura—. ¿O para tu padre?

En ese momento la puerta se abrió y Antonio entró con una carpeta en la mano, como si hubiera llegado justo a tiempo.

—Justo de eso quería hablar —dijo—. He hecho todos los cálculos. Si vendéis ahora, obtendréis un buen precio. Invertimos y en seis meses empezamos a obtener ganancias.

Lucía se volvió lentamente hacia él.

—¿“Vendéis”? ¿Quién?

Antonio titubeó un segundo.

—Bueno… sois una familia.

—No —replicó Lucía con firmeza—. El piso es mío.

Daniel se levantó de golpe.

—Lucía, por favor… es por nuestro futuro.

—Nuestro futuro no empieza con que yo me quede sin casa —respondió ella.

Antonio intervino:

—No te quedarás sin nada. Os iréis de alquiler un tiempo. Después tendréis más.

—O nada —lo interrumpió Lucía—, porque no hay ninguna garantía.

El aire en la habitación se volvió denso.

—¿No confías en mí? —susurró Daniel.

Lucía lo miró directamente a los ojos.

—Confiaba. Hasta que empezasteis a decidir sin mí.

Las palabras cayeron pesadas.

Daniel se pasó la mano por el cabello, nervioso.

—No quería preocuparte. Quería solucionarlo todo.

—¿Solucionar qué? ¿Vender mi piso? —replicó ella.

Antonio cerró la carpeta con irritación.

—Estáis perdiendo el tiempo. Una oportunidad así no espera.

Lucía tomó uno de los folletos, miró los precios marcados y lo dejó sobre la mesa.

—Que la aproveche otro, entonces.

Silencio.

—¿Así que te niegas? —preguntó Antonio con frialdad.

—Sí.

—¿Por miedo?

—Por responsabilidad.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Lucía, por favor… es nuestra oportunidad de cambiar de vida.

—No siento que tenga que huir de la mía —respondió ella—. Tengo trabajo, tengo casa… tenía tranquilidad.

La palabra “tenía” quedó flotando en el aire.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Lucía miró alrededor.

—Que no quiero vivir en un lugar donde tengo que defenderme.

Antonio resopló.

—Estás exagerando.

—No. Estoy viendo la realidad.

Daniel intentó una vez más, suavizando la voz:

—Estamos del mismo lado.

Lucía negó con la cabeza.

—Ya no.

De nuevo, silencio.

—Si te niegas ahora —dijo Antonio—, pierdes una gran oportunidad.

Lucía lo miró sin vacilar.

—Prefiero perder una oportunidad a perderme a mí misma.

Daniel cerró los ojos un instante.

—¿Y nosotros?

Lucía dudó. Era la pregunta más difícil.

—No lo sé —dijo finalmente—. Pero sé que si acepto, no quedará nada de nosotros.

Antonio cogió la carpeta.

—Entonces no hay nada más que hablar.

Salió dando un portazo.

Daniel se quedó allí.

—¿De verdad eliges el piso antes que a nosotros?

Lucía dio un paso atrás.

—Elijo el respeto. Si para ti esto es solo un piso… entonces el problema no soy yo.

Daniel no respondió. Tras unos minutos, tomó su chaqueta.

—Necesito tiempo.

La puerta se cerró tras él.

Lucía quedó sola.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio del piso no era pesado.

Era claro.

Se sentó en el sofá y miró a su alrededor.

No había perdido nada.

En realidad, acababa de recuperar algo mucho más importante.

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