Carlos ni siquiera dudó. El miedo por su “función masculina” era mucho más fuerte que cualquier sospecha.
—¡Hazlo ya! —dijo con urgencia—. Si eso me salva, aguanto lo que sea.
María asintió con una seriedad casi médica.
—El procedimiento puede ser bastante intenso —explicó con calma—. Sentirás mucho calor. Es normal. Significa que la circulación vuelve a activarse.
—¿Cuánto calor? —preguntó Carlos con desconfianza.
—Como una compresa muy caliente. Tal vez un poco más fuerte.
Carlos tragó saliva y asintió.
—Lo soportaré.
María tomó el cuenco con la mezcla rojiza y se acercó a la cama. El olor picante del chile le hizo lagrimear un poco, pero mantuvo una expresión tranquila.
—Relájate —dijo suavemente—. Empezamos.
Con una cuchara tomó un poco de la mezcla y la extendió justo sobre los largos arañazos de la espalda.
Durante dos segundos no pasó nada.
Luego Carlos movió ligeramente los hombros.
—Hmm… se está calentando.
—Perfecto —respondió María—. Eso significa que está funcionando.
Aplicó otra cucharada.
Unos segundos después Carlos se quedó rígido.
—María…
—¿Sí?
—Esto… está muy caliente.
—Es normal. Los nervios reaccionan.
Pasaron unos segundos más.
Carlos aspiró aire de repente.
—María… creo que… está demasiado caliente.
—Es parte del tratamiento.
—No… no… —murmuró él—. Esto no está caliente… ¡ESTÁ ARDIENDO!
Al instante siguiente soltó un grito tan fuerte que probablemente se escuchó en todo el edificio.
—¡AAAAAA!
Intentó levantarse de la cama, pero María le puso la mano en el hombro.
—No te muevas. Si interrumpes el tratamiento, podría no funcionar.
—¡ME QUEMO! —gritó Carlos—. ¿Qué me has puesto?
—Un remedio muy eficaz.
—¡Agua! ¡Rápido, agua! ¡O hielo!
—El agua detendría el efecto terapéutico.
Carlos aguantó dos segundos más.
Luego saltó de la cama como un resorte.
La “parálisis” desapareció milagrosamente.
Corrió por la habitación intentando soplarse aire en la espalda.
—¡ME QUEMA! ¡MARÍA!
—Me alegra ver que puedes correr —dijo ella con tranquilidad.
Carlos corrió hacia el espejo intentando ver su espalda.
—¡Estoy rojo!
—Eso significa que la circulación funciona.
—¡Me voy a morir!
—Pero al menos ya no estás paralizado.
Carlos se quedó en silencio de repente.
La habitación quedó en calma.
María lo observaba apoyada en el armario.
—Es curioso —dijo con calma—. Hace cinco minutos no podías mover las piernas.
Carlos tragó saliva.
—Bueno… el tratamiento ha funcionado muy rápido.
—Evidentemente.
María dio un paso hacia él.
—Por cierto… el doctor Javier notó algo más.

Carlos se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Esos arañazos en tu espalda.
Carlos intentó sonreír.
—Seguro que me raspé con algún mueble.
—¿Con un mueble que usa esmalte rojo?
La sonrisa desapareció.
María levantó lentamente las manos.
—Yo no llevo esmalte rojo. Ni tengo uñas largas.
Carlos guardó silencio.
—Pero Lucía, la vecina del tercer piso, sí —añadió María con tranquilidad.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Carlos abrió la boca, pero no encontró ninguna excusa.
María se encogió ligeramente de hombros.
—No te preocupes. No necesito explicaciones.
Tomó su teléfono del escritorio y se lo entregó.
—Tienes dos opciones.
—¿Cuáles?
—La primera: haces tu maleta y te vas en diez minutos.
Carlos parpadeó.
—¿Y la segunda?
María levantó el cuenco con la mezcla roja.
—Segunda sesión de terapia.
Carlos miró el cuenco.
Su rostro palideció de inmediato.
—Diez minutos serán suficientes —dijo rápidamente.
—Me alegra ver que el tratamiento ha recuperado tu movilidad tan rápido —respondió María.
Carlos comenzó a recoger sus cosas con prisa, quejándose y soplando aire sobre su espalda ardiente.
Cinco minutos después ya estaba en la puerta.
Se volvió un instante.
—María…
—¿Sí?
—¿Qué llevaba exactamente esa mezcla?
María miró el cuenco.
—Finalgon… y mucho chile.
Carlos abrió los ojos como platos.
—¿Por eso quema tanto?
—Exactamente.
No dijo nada más.
Un segundo después desapareció escaleras abajo.
María cerró la puerta lentamente.
Durante un momento se quedó apoyada en ella en silencio.
Luego caminó hasta la cocina y dejó el cuenco sobre la mesa.
—Finalgon con chile… —murmuró—. Terapia universal para mentirosos.
Por primera vez en varios días sonrió.
Después tomó el plato con el caldo que se había quedado frío en la mesita.
Se sentó tranquilamente a la mesa y empezó a comer.
En el apartamento, por fin, volvió la calma.







