La historia continúa

Historias familiares

Damián le tendió la taza.

—Bébela. Tiene miel y hipérico. Calienta desde adentro.

Ilona intentó dar un sorbo, pero el temblor no se lo permitió. La bebida caliente le quemaba los labios; sin embargo, al bajar por su garganta, se extendió lentamente por su cuerpo como una llama que devuelve la vida. Por primera vez sintió de verdad: estaba viva.

Damián se sentó junto a ella, observándola como si protegiera la llama de una vela del viento.

—¿De dónde vienes? —preguntó en voz baja.

—De Gyimes… —susurró—. Estaba huyendo.

—¿De quién?

A la luz del fuego, ella no lo miró.

—De mi propia vida… de la que no era mía.

El hombre no dijo nada. Asintió. Allí, entre las montañas, no se buscan explicaciones: cada quien carga su propio fardo, y no todos los dolores quieren ver la luz.

El fuego crepitaba. Ilona estiró cuidadosamente las piernas, sintiendo cómo la sangre volvía a fluir. Damián tomó una camisa seca colgada en un clavo y se la ofreció.

—Póntela. Es un poco grande, pero está seca.

Mientras la mujer la pasaba por la cabeza, el hombre notó una fina cicatriz blanca en su hombro.

—¿Quién te hizo esto? —salió de sus labios sin pensarlo.

Ilona se sobresaltó.

—Ya no importa. Lo importante es que logré escapar.

El hombre apretó los puños. Sus ojos reflejaban un dolor profundo y antiguo.

—El hombre a veces puede convertirse en monstruo, sobre todo si cree que lo puede dominar todo.

Ilona lo miró.

—Tú también huyes de algo, ¿verdad, Damián?

Él sonrió amargamente, fijando la mirada en el fuego.

—Era médico en Brașov. No pude salvar a mi esposa. En invierno… fue un invierno así. Dicen que Dios se lleva a los mejores, pero a veces me parece que envía a sus ángeles a la dirección equivocada. Desde entonces vivo aquí, entre las montañas.

Ilona sintió que su corazón se encogía. Quiso tocarlo, pero se contuvo.

—¿Y ahora vives solo?

—Con el viento, las hierbas y los lobos. Para mí eso basta.

—Quizá… —susurró sonriendo—. Quizá Dios no se equivocó. Solo tenías que esperar a alguien por quien luchar de nuevo.

Damián levantó la mirada hacia ella. Por un instante, el tiempo se detuvo. La nieve afuera guardaba silencio y hasta el viento parecía haberse calmado.

Más tarde, cuando Ilona se durmió, el hombre permaneció sentado junto a la chimenea, escuchando su respiración. Cada pequeño suspiro era una prueba: estaba viva. La cubrió con delicadeza, y por primera vez en años, no la miró como médico, sino como hombre, hacia otra persona, quizá una mujer enviada por el destino.

Por la mañana, el sol entró por la ventana y los cristales de hielo brillaban como gemas.

Ilona despertó con el aroma del pan fresco y las hierbas secas.

En la mesa había una sopa humeante.

—¿No dormiste? —preguntó.

—Las montañas no dejan dormir mucho —respondió él sonriendo.

Esa sonrisa, por primera vez, era clara y humana.

Ilona comió y luego dijo en voz baja:

—No puedo regresar. Allí… no me esperan seres humanos.

—Entonces quédate aquí —dijo Damián con sencillez—. Hasta que decidas qué quieres.

La mujer bajó la mirada.

—¿Y si decidiera que ya no quiero irme?

El hombre se detuvo y luego se acercó.

—Entonces tendrás que acostumbrarte al viento, a la soledad y a mí. Ninguno de los tres es fácil.

Ilona rió, clara y cálida.

—Después del viento que he atravesado, tu voz ya no me asusta.

Damián abrió la puerta.

—Ven, mira.

Afuera, el mundo había cambiado. Los Montes Blancos brillaban al sol, y el aire era transparente como una oración. Ilona se quedó en el umbral, dejando que el viento acariciara su rostro. Se sentía renacida.

Él se puso detrás de ella y le colocó sobre los hombros el viejo abrigo.

—Estas montañas sanan, si se lo permites. Quizá también te sanen a ti.

Ilona lo miró.

—¿Y tú, doctor?

Sus ojos se iluminaron.

—A mí también. Si te quedas.

La mano de Ilona se deslizó lentamente sobre la suya. Los dedos de Damián temblaron: sintió el calor de la vida por primera vez en años.

—Entonces me quedo —dijo sencillamente—. Hasta que la tormenta se calme. O hasta que tú me lo pidas.

Damián pasó sus dedos entre los cabellos rojos de Ilona, como si creyera que el hielo ya no volvería.

—Entonces que la tormenta no se calme —susurró.

Ilona sonrió y dio un paso hacia él. La nieve danzaba a su alrededor, con movimientos silenciosos y bendecidores.

El viento ya no rugía: respiraba, junto a ellos.

Cuando llegó la primavera y la nieve se derritió, la vieja cabaña dejó de llamarse “la casa del albino de la montaña”.

Los habitantes del pueblo decían:

—Allí arriba ahora viven dos. La mujer ríe, el hombre toca de nuevo el violín.

Y cuando el viento atravesaba el valle, traía consigo una melodía suave y cálida, que incluso la tormenta escuchaba en silencio.

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