— Alina, por favor, ayúdame… — la voz de María Nichiforovna temblaba mientras entraba, sosteniendo entre los brazos dos pequeños rollos de mantas.
Alina se quedó paralizada junto al fregadero, con un plato medio lavado suspendido en la mano.
Afueras llovía intensamente.
El perro estaba en el umbral, temblando y gimiendo.
Durante toda la mañana, Alina había sentido una extraña presión en el aire — como si la realidad se hubiera vuelto pesada, distorsionada, extraña.
— ¿Qué pasó? — preguntó acercándose.
El rostro de su suegra estaba surcado por lágrimas.
— Mira — dijo María Nichiforovna, abriendo una de las mantas.

Dentro, un pequeño rostro rojo y arrugado emitió un débil gemido.
— Son dos.
Un niño y una niña.
Los encontramos en el pozo viejo…
Las rodillas de Alina casi no la sostuvieron.
Con delicadeza, tomó al niño de los brazos de su suegra.
El recién nacido estaba frío, sucio — pero respiraba.
Sus grandes ojos oscuros se clavaron en los de ella, penetrándola hasta lo más profundo del alma.
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